Mi nombre es Laura, tengo 27 años, y durante mucho tiempo viví peleando con mi propio cuerpo. Supongo que esta frase te sonara. Puede sonar exagerado, pero el vello siempre fue un problema para mí. Me sentía insegura, me daba vergüenza ponerme shorts, faldas o incluso camisetas sin mangas. Y de lo de ir a la piscina y a la playa, pues ni hablamos.
Me pasaba la vida con la cuchilla en la mano, usando cera caliente, crema depilatoria, pinzas… lo que fuera. Y ya os puedo decir que no es nada gracioso. Había días en los que me miraba al espejo y pensaba: “No quiero seguir así”. Tenía irritaciones constantes, pelos enquistados y, sobre todo, un cansancio enorme de sentir que nunca estaba preparada. Esas cosas que siempre te daban sugerencias en las revistas para adolescentes porque hay muchos problemas.
Un día, una amiga me habló del centro de estética Linaje. Me dijo que ahí trabajaban con una técnica muy novedosa llamada SHR, que era como una mezcla entre luz pulsada y láser tradicional, pero mucho más suave y cómoda. Yo siempre había tenido miedo de la depilación láser porque había escuchado que dolía mucho. Sin embargo, ella insistió tanto en que probara, que al final pedí una cita.
Recuerdo perfectamente la primera vez que entré en el Centro de Estética Linaje. El ambiente me dio muy buen rollo. Me recibió una chica muy amable que me explicó todo con palabras sencillas. Me dijo que la depilación SHR (Super Hair Removal) funcionaba de una forma diferente a los láseres clásicos.
En vez de lanzar un disparo muy fuerte de luz, este sistema enviaba muchos pulsos pequeños mientras la máquina se movía suavemente sobre la piel.
Me contaron que la máquina lanza pulsos de luz con distintas longitudes de onda. Eso significa que sirve para varios tipos de vello y tonos de piel, incluso para personas como yo, que tengo la piel clara pero un vello más oscuro.
A diferencia del láser tradicional, que calienta el folículo de forma brusca, esta técnica lo hace poco a poco. La máquina va pasando por la piel constantemente, en movimiento, y eso evita que la piel se caliente demasiado. Por eso es mucho más cómodo y casi no duele.
El calor que produce la luz lo absorbe la melanina del folículo piloso. Ese calor lo va dañando hasta que el vello deja de crecer. Lo entendí como si fuera un proceso suave pero efectivo.
Varias sesiones
Me explicaron que tendría que hacer varias sesiones, y la verdad es que no me importó, porque el vello crece por fases, y el láser solo actúa sobre el vello que está en fase de crecimiento. Por eso es importante espaciar las citas y ser constante.
Salí de esa primera explicación casi convencida antes de comenzar. Y lo mejor es que cuando hicimos la prueba, me quedé sorprendida: no dolía. Sentía un calor muy suave, como un masaje calentito, y la máquina se deslizaba sin parar. Para alguien que siempre tuvo miedo al dolor, eso fue un alivio enorme.
Poco a poco, sesión tras sesión, mi vida empezó a cambiar sin que yo me diera cuenta. Lo primero que noté fue la comodidad. Ya no tenía que depilarme cada semana. Después empecé a ver que el vello salía mucho más fino y en mucha menos cantidad. En la tercera o cuarta sesión, ya prácticamente no tenía que preocuparme de nada.
Empecé a usar ropa que antes evitaba, porque recuperé mi dignidad. Me atreví a comprarme vestidos que siempre me habían gustado, pero que nunca había usado por vergüenza. Ya no tenía miedo a que alguien señalara un pelo que se me escapara, ni vivía pendiente de si tenía la piel irritada o roja.
Sentí una libertad que no conocía. Libertad de moverme, de disfrutar del verano, de ir a la piscina con mis amigos sin estar pensando en si me había depilado bien o no.
También dejé de gastar dinero en cremas, cuchillas y ceras cada pocas semanas. Eso parecía algo pequeño, pero a largo plazo fue un alivio para mi bolsillo. Y además, mi piel se veía más bonita. Nada de rojeces, nada de heridas pequeñas, nada de pelos encarnados.
Mis amigas empezaron a notar el cambio incluso antes que yo. Me decían que me veían más segura, más tranquila, más feliz. Yo simplemente me sentía más yo.
Hoy, cuando miro atrás, pienso que la decisión de visitar el centro Linaje fue uno de esos regalos que una se hace sin darse cuenta. Fue como abrir una puerta a una versión de mí más libre y más cómoda con mi propio cuerpo.